Archives mensuelles : février 2015

Francia se revuelve contra las reformas de Hollande y Valls

By Carlos Yárnoz

“¿Podré hacer reformas?”, preguntó Emmanuel Macron al presidente François Hollande cuando el verano pasado le llamó para ofrecerle la cartera de Economía. La pregunta era clave. En las dos últimas décadas, todos los Gobiernos franceses han prometido importantes cambios para modernizar el país, pero ninguno los ha puesto en práctica. Lo han impedido la elefantiásica clase política, los grupos de presión, los rentistas, los sindicatos… Ahora, el Ejecutivo que dirige Manuel Valls asegura que los hará “contra viento y marea”. No ha hecho más que empezar y las resistencias surgen por doquier, lo que está deshilachando al partido gubernamental.

Los franceses están a favor de las reformas, siempre que no les afecten a ellos. “Las igualdades para otros, los privilegios para mí”, resume en su despacho Madani Cheurfa, secretario general del Centro de Investigaciones Políticas de Sciences Po. “Hay enormes resistencias cada vez más organizadas. Esta es una sociedad bloqueada, con privilegios para grupos y profesiones que defienden el statu quo en su beneficio, pero no en el beneficio general”.

Por esos motivos, son los políticos quienes ejercen a menudo la mayor resistencia. La reforma regional lanzada el año pasado preveía la desaparición de los consejos generales o asambleas provinciales en las que más de 4.000 políticos cobran sueldos medios de 3.000 euros. En noviembre, el Gobierno rectificó y anunció que no desaparecerían esos Parlamentos. El Senado había amenazado con el boicoteo. Un total de 96 de los 348 senadores son miembros de esos consejos. Y 269 compaginan sus escaños con otros mandatos locales, provinciales o regionales.

Son los políticos los más remisos a aceptar un adelgazamiento de las estructuras del Estado, pese a que el gasto público francés roza el 57% del PIB, uno de los más elevados del mundo. Entre otras razones, por el mantenimiento de las 36.700 comunas o Ayuntamientos (el país con más entes locales del mundo), las 13.400 mancomunidades, los 101 departamentos o provincias con sus respectivos consejos generales o asambleas y las 22 regiones —serán 13 el año que viene— con sus consejos regionales (1.757 cargos), además de la Administración central.

Desde que Macron anunció a finales del año pasado su Ley de Actividad, se han lanzado a la calle a protestar todos y cada uno de los colectivos afectados: farmacéuticos, notarios, abogados, autoescuelas, empresarios… La norma, sin embargo, incluye reformas tímidas para eliminar frenos a la actividad económica. Amplía de cinco a 12 domingos al año la opción de apertura de comercios, facilita la instalación de nuevas notarías, simplifica la creación de empresas de transporte de viajeros por carretera o acorta el tiempo para lograr el permiso de conducir.

La reacción más virulenta ha estado, nuevamente, en el ámbito político. Todo el centroderecha, comunistas y 40 diputados socialistas (de 288, uno menos que la mayoría absoluta) formaron una extraña alianza en contra de la norma que intenta modernizar la economía. Ante el peligro de perder la votación, Valls aprobó la norma por decreto.

Jean-Marc Germain, líder de los diputados socialistas rebeldes, declara a este periódico que “es necesario” acometer reformas, pero “progresistas; no reaccionarias”. Opina que ampliar el trabajo en domingo entraña “una liberalización del mercado de trabajo” que él rechaza. “Beneficia a los consumidores, sí, pero no a los empleados”. Y propone otras fórmulas. Por ejemplo, que el impuesto sobre sociedades “sea modulado en función de su comportamiento: bajo si los beneficios se reinvierten en las empresas y elevado si se destinan a dividendos”. “O sea, reformas que reactiven la economía y no las finanzas”, agrega.

Pero las resistencias se extienden a todos los sectores afectados por una u otra reforma. Es el caso ahora de las profesiones reguladas que, como las de notario o procuradores, impiden el acceso de competidores jóvenes al sector y cobran unas tasas desorbitadas. “Siempre hay grupos de interés defendiendo sus privilegios”, argumenta por teléfono uno de los asesores próximos a Macron. Las resistencias se deben “a la propia estructura de la sociedad francesa”. “Hay cuerpos intermediarios, hay corporativismo en gran parte de profesiones, en los sindicatos, en la patronal… El corporativismo impide las reformas”.

Yves trabaja en una gran librería en la plaza de Ternes, cerca del Arco de Triunfo, y se muestra muy suspicaz ante la posibilidad de trabajar los domingos: “Si no se aceptan condiciones más liberales, te consideran subversivo. Quiero vivir mi vida los domingos. En muchos casos habrá presiones para trabajar. Y, desde luego, si alguna vez tengo niños, me resistiré”.

“Liberal”, “complot ultraliberal” son los términos más usados desde la izquierda y los sindicatos para frenar las reformas. Y, sin embargo, no hay un solo economista o experto que no asegure que Francia se hundirá definitivamente si no moderniza sus estructuras. La economía está estancada, el desempleo crece desde 2007 (con un pequeño paréntesis en enero pasado), la deuda se aproxima al 100% del PIB, el déficit supera el 4% y cada año cierran más de 60.000 empresas, la mayoría pequeñas o muy pequeñas. La sexta potencia mundial y la segunda de la zona euro no ve luz al final del túnel.

Pese a las continuas presiones de Bruselas, Berlín y los organismos internacionales, las grandes reformas no llegan. Las resistencias y rechazos a las hasta ahora pequeñas auguran conflictos sin fin si se plantean otras de mayor calado que el Ejecutivo ya sugiere, como la reforma laboral, el seguro de paro o la de las pensiones. “Tengo gasolina para seguir”, afirmó Valls tras el decretazo de la ley Macron, para insistir en que, pese a todo, su “misión” es “reformar, modernizar”, y que seguirá haciéndolo “hasta el final”. Los potenciales afectados afilan los cuchillos. Los sindicatos preparan una gran protesta nacional para el 9 de abril.

Source: El País

Ed Miliband contra la historia

By Pablo Guimón

Es el líder de la oposición peor valorado de la historia. Nunca nadie ha llegado al 10 de Downing Street siendo considerado por los votantes peor que el primer ministro tanto en capacidad de liderazgo como en competencia para gestionar la economía. Cae mal. La gente no le perdona el haber arrebatado a su propio hermano el liderazgo del partido en 2010. El 41% de los británicos, en una encuesta reciente, escoge la palabra “raro” para describirlo. El mundo le conoce, principalmente, por sus histriónicas muecas mientras devora un sándwich de beicon en unas fotos que el año pasado se convirtieron en virales. No convence al electorado tradicional laborista ni seduce a nuevos perfiles de votantes. Los empresarios le temen. Se sabe que miembros de su propio partido maniobraron en la sombra para desbancarlo apenas seis meses antes de las elecciones. Y aun así, hoy por hoy, Ed Miliband es la persona que más posibilidades tiene de convertirse en primer ministro de Reino Unido.

Nada está claro para las elecciones generales del 7 de mayo, salvo que de ellas saldrá el Parlamento más fragmentado que se recuerda. Pero hasta los analistas más próximos a la derecha ven un Gobierno liderado por Ed Miliband como resultado más probable. La razón, sin menospreciar las impopulares políticas de austeridad de Cameron, está en esa atomización del voto.

Lo explica Rob Hayward, exdiputado conservador y analista político experto en el juego electoral, a quien se atribuye el haber identificado al llamado “hombre de la autopista” como el factor clave de las elecciones de 2010. “Debido a nuestro sistema electoral”, asegura, “que da más peso a determinadas áreas geográficas, podría suceder que los laboristas logren más escaños aunque los conservadores obtengan más votos. Y aun en el caso de que estén casi empatados a escaños, la oportunidad de conseguir apoyos para un Gobierno en minoría es mayor para Miliband, que podría contar con los nacionalistas escoceses y los de Irlanda del Norte. Si las elecciones fueran hoy, lo más probable es que él fuera primer ministro. Pero todo puede cambiar”.

Muchas cosas se han modificado, pero hay una que ha permanecido inmutable: la confianza de Ed Miliband en sus propias posibilidades. También la tuvo en la batalla por el liderazgo con su hermano y, entonces, ganó.

Los hermanos Miliband estudiaron en el mismo colegio público del norte de Londres y luego, en Oxford, la misma licenciatura combinada de Filosofía, Políticas y Económicas. Los dos empezaron a trabajar en la trastienda del Ejecutivo de Blair y, cuando Gordon Brown llegó al poder en 2007, los reclutó para su Gobierno. David, el mayor, fue ministro de Exteriores, y Ed, el pequeño, desempeñó labores menos visibles y luego llevó la cartera de Energía y Cambio Climático. Era la primera vez que dos hermanos trabajaban juntos en un Gobierno desde 1938. Ahí acababan las coincidencias. David era un hombre de Blair, y Ed, de Brown.

Al pequeño de los Miliband se le encargó la redacción del programa laborista para las siguientes elecciones. Cuando se abrió la carrera por la sucesión de Brown, el candidato claro era David. Pero, aliado con los poderosos sindicatos, con quienes se había reunido en numerosas ocasiones para la redacción del programa, Ed lanzó una inesperada candidatura que acabó, contra pronóstico, venciendo. “Ed habla humano”, rezaban los pasquines que le vendían como alguien más cercano al pueblo llano que su altivo hermano mayor. El hombre llamado a romper con el nuevo laborismo y trazar el camino por el que discurriría el partido en el futuro.

Ed defiende la decisión de enfrentarse a su hermano en términos de compromiso ideológico, algo que en su caso está por encima incluso de los lazos familiares. La política, de eso no cabe duda, fue un pilar de la casa de los Miliband.

Su padre, Ralph, era un académico marxista belga y su madre, Marion, una activista pro derechos humanos polaca. Siempre se ha destacado la influencia paterna en el pequeño de sus dos hijos, nacido en 1969. Pero en una reciente entrevista en Financial Times, Ed Miliband aseguraba que su padre se sentiría defraudado por la escala de las ambiciones de su hijo. “Nosotros hablamos de cómo reformar el capitalismo”, decía el líder laborista, “no de abolirlo como hubiera querido papá”. Miliband se define como un “judío ateo”. Como dijo en un emotivo discurso reciente, descubrir que su abuelo materno murió en un campo de concentración nazi le convenció de que, para su familia, la política era “una cuestión de vida o muerte”.

Hoy Ed vive en una casa de cinco pisos en Dartmouth Park, al norte de Londres, con su mujer —Justine, una abogada medioambientalista a quien conoció en 2002— y sus dos hijos, Daniel y Sam. Su familia es acaso su único anclaje con el mundo fuera de la política, una actividad que parece copar la mayor parte del tiempo de Miliband, devorador de tertulias e información política.

Quienes les tratan de cerca aseguran que no cultivan una rica vida social. Son más de sándwiches que de restaurantes de moda, y apenas tocan el alcohol. Un antiguo colaborador relataba a Financial Times cómo, durante una cena en casa de los Miliband, se le sirvió una ínfima dosis de vino de una botella medio vacía. “Fue como recibir la comunión”, bromeaba el invitado.

Políticamente está acostumbrado a que nadie tome en serio su potencial. Una actitud que, a 70 días de las elecciones, quizá vaya siendo hora de que se revise. Al fin y al cabo, pocos hubieran creído hace cinco años que el laborismo iba a acariciar hoy las puertas de Downing Street. “La gente le ha subestimado siempre, incluso su propio hermano le subestimó”, opina Neal Lawson, presidente del grupo de presión Compass, cercano al laborismo. “Digamos que es una persona fácil de subestimar. Nadie creyó que fuera a sobrevivir cinco años. Pero él cree en sí mismo y eso le puede hacer muy poderoso”.

Lawson considera que Miliband ha fracasado en la labor que se le encomendó de trazar el camino para el partido después del nuevo laborismo. “Está en una situación muy endeble, ya que ganó las elecciones a su hermano por muy poco. En estos cinco años no se ha esforzado por construir una base para él en el partido, y eso es un error, como ya le he dicho en alguna ocasión”.

Pero el líder laborista tiene, según Lawson, importantes cualidades. “Ha sobrevivido siendo el líder más cuestionado y más impopular y eso demuestra su principal virtud: una enorme capacidad de resistencia y de confianza en sí mismo. Cualquier otro se habría rendido. En segundo lugar, creo que ha acertado al elegir algunos asuntos clave y defenderlos a muerte: su batalla contra Murdoch, los precios de la energía y, más recientemente, la evasión de impuestos y el trabajo fuera del Parlamento de los diputados”.

Los analistas coinciden en hablar de la estrategia del 35%. Ese es el supuesto peso de la izquierda en Reino Unido, y a ese electorado se dirige Miliband. Si retiene a ese segmento de la población, ganará. Su receta: combatir la desigualdad y los excesos del capitalismo. Nada de concesiones que puedan seducir a los votantes más centristas, a costa de ahuyentar a ese núcleo duro hacia nuevas opciones como los resucitados Verdes o los eurófobos de UKIP.

Los conservadores quieren reproducir en esta campaña la de 1992, que planteó una dicotomía entre dos modelos económicos, y que le valió a John Major más votos de los que nunca ha logrado ningún otro primer ministro. Neil Kinnock, su contrincante laborista, era también un líder débil e impopular. Pero Chris Patten, el veterano tory que dirigió aquella triunfal campaña, ha advertido a Cameron y su equipo de que no se confíen. Miliband es una persona “muy inteligente” a quien harían mal en subestimar. Las cuentas, de momento, están de su parte. Y su consideración es tan baja que no puede hacer otra cosa que subir.

Source: El País